Estoy aún bajo el influjo y los efectos de las experiencias que viví y están aún calando poco a poco en mí tras realizar mi primer Camino a Santiago ahora hace dos meses. Me ha costado ir asimilando la carga emocional y espiritual que me fue empujando durante un trayecto que no fue fácil, pero que fué necesario y del todo obligado para poder intentar renacer, volver a ser y encontrar un respuesta a preguntas, dudas o cuestiones que surgen de una crisis vital y pandémica. En esta labor aún me encuentro y espero poder encontrar alguna respuesta fiable más pronto que tarde.
En estas semanas, en una de mis lecturas elegidas de forma un tanto caótica, casi a salto de mata, me he topado "casualmente", con un texto: Razones desde la otra orilla de José Luis Martín Descalzo; un sacerdote muy mediático ya en su tiempo y que falleció ya hace unos años, en 1991. A Martín Descalzo lo recuerdo perfectamente, tuve la casión de poderlo escuchar varias veces en la radio, ver en televisión y leer en mi juventud algunos de sus artículos. Y es que mi madre tenía gran estima y admiración por él, lo seguía por radio y prensa escrita y en algunas ocasiones o bien coincidía con mi madre viéndolo por televisón o por radio, o bien mi madre compartía conmigo alguno de sus artículos en prensa. Tenía un estilo de comunicación muy especial y atrevido que enganchaba rápidamente con la gente sencilla. El caso es que hace unos días, cayeron en mis manos sus Razones desde la otra orilla, un libro que Martín Descalzo no llegó a ver publicado y que estaba destinado a ser el último libro de una serie de publicaciones titulada Razones; y de la que si llegaría a ver publicar antes de morir, Razones para el amor, su ultimo libro de la serie.
El texto que quiero compartir de Razones desde la otra orilla, corresponde al capítulo titulado Espeleología del Alma. Lo he elegido, porque es muy característico del estilo sencillo de evangelizar de Martín Descalzo y sobre todo, porque ha retratado perfectamente mi actual peregrinar por el camino hacia el interior. Lo que me mueve a compartirlo aquí es que, las personas que puedan estar practicando este deporte tan duro de la espeleología interior, con algunas de las cuales coincidí, compartí camino, experiencia y charla en mi peregrinaje a Santiago, puedan saborear y experimentar algún provecho con su lectura. Perdón por mi atrevimiento y aquí os lo dejo:
La espeleología del alma. San Ignacio.
En estos días en que comienza a celebrarse el quinto Centenario del nacimiento de Ignacio de Loyola me he decidido a leer la estupenda biografía que sobre él publicó otro vasco: José Ignacio Tellechea.Y me he detenido especialmente en los días de la conversión de Ignacio, los días en que practicó eso que Tellechea llama «la espeleología del espíritu», ese «deporte» que tanto necesitamos y tan poco practicamos todos.
La verdad es que, de todos los viajes que un hombre tiene obligación de hacer,
el más importante es, sin duda, el que nos conduce al interior de nuestro corazón.
Un viaje a la vez corto y larguísimo, fácil y dificilísimo, cómodo y arriesgado.
Porque pocas simas más profundas y oscuras que las de nuestra propia alma.
Por eso la mayoría de los humanos prefiere simplemente vivir, resbalarse por la
vida, antes que atreverse a descubrir quiénes somos verdaderamente. Porque ¡cuántos chascos nos llevaríamos si nos atreviésemos a descender a nuestro interior
con una linterna y un espejo!
El primer chasco que Ignacio se llevó fue cuando una bala de cañón quebró sus
piernas y le obligó a permanecer muchas semanas inmóvil, lo que le llevó a descubrir que llevaba treinta
años en los que no había hecho otra cosa más que huir de sí mismo. Huir, eso que,
según su visión caballeresca de la vida, era la mayor de las infamias. Y, sin
embargo, no había hecho otra cosa en sus años mozos: olvidarse de lo mejor de su
alma, vivir dedicado a valores que ahora le parecían humo, arrastrar una existencia
vacía, tener anquilosada y dormida su fe. Sólo ahora lo entendió.
Había sido
realmente, como muchos siglos antes que él dijera San Agustín, un empecinado
«fugitivo de su propio corazón».
Y ¿quién de nosotros no tendría que decir de sí mismo otro tanto, lo mismo en
lo humano que en lo divino? Si alguien ahora pesara y
midiera nuestras vidas -tantas docenas de años, tantos centenares de meses,
millares de semanas y decenas de millares de días-, ¿cuántos de ellos
considerarían vivos y cuántos otros simple hojarasca, tiempo mal gastado y
perdido? Muchos de nosotros - seamos sinceros- tal vez hemos llegado a los
treinta, a los cincuenta años, sin aclaramos siquiera quiénes somos, adónde vamos.
Y si tuviéramos claras esas respuestas, ¿cuántas de nuestras horas habrían sido
coherentes con esa dirección?
Ignacio, por fortuna para él, se dio cuenta a los treinta años de que hasta
entonces no había vivido, y con ese coraje que era tan propio suyo, decidió dar un
giro a su propia existencia y redimiese a sí mismo. ¿Cómo lo hizo? Tellechea nos
contesta: «Rescatando las mínimas parcelas intactas de sí mismo, reforzándolas y
orientando en nueva dirección energías no extinguidas de su espíritu:
reestructurando la esfera de los noes al impulso avasallador de un nuevo sí.»
Efectivamente, en todo hombre (y en toda mujer), por desastrada y vacía que
hubiera sido su vida, siempre habrán quedado parcelas intactas de su verdad,
esquirlas positivas de su fe o de sus entusiasmos. Y es sobre ellas donde hay que
reconstruir. Despertarlas, reforzarlas y, sobre todo, orientarlas en la nueva
dirección que hemos descubierto. No se trata de destruir la propia naturaleza; de lo
que se trata es de conducir esa naturaleza que hasta ahora sirvió a los noes, es
decir, al vacío, a la mediocridad, hacia un nuevo valor positivo, poniendo en él eso
que San Ignacio llamaba «una determinación determinada", un nuevo impulso
avasallador.
Y ¿dónde está esa fuerza? En Dios y dentro de nosotros, a la vez. Porque,
evidentemente, toda reconstrucción del alma empieza por dentro. «El primer paso
-decía Bernanos- se da hacia dentro y en silencio, en ese silencio interior que la
juventud teme o desdeña.» Nadie nos suplirá en esa batalla, ni Dios mismo. Pues
Dios -como escribió Alexís Carrel- «no habla al hombre hasta que éste no ha
logrado establecer la calma en sí mismo». Porque Dios ayuda al hombre, pero no
le suplanta. Al final todo será obra suya, pero los primeros pasos son
exclusivamente nuestros.
Luego todo va siendo progresivamente más fácil. Lo describió hace
muchísimos siglos otro converso, San Cipriano de Cartago: «Cuando el segundo
nacimiento, hubo restaurado en mí al hombre nuevo, se opera en mí un extraño
cambio: las dudas se aclaran, las barreras caen, las tinieblas se iluminan. Lo que
yo juzgaba imposible puede cumplirse. Esta es la obra de Dios. Sí, de Dios. Todo
lo que podemos viene de Dios. Renacer de nuevo, abandonar la vieja carne para
vigorizarla al contacto con el agua salvadera, cambiar de alma y de mentalidad, y
eso sin perder la propia identidad... ¡Imposible!, decía yo, tal trueque. Imposible
abandonar todo lo que, nacido en mí, se ha instalado ahí como en su propia casa,
ni nada de lo que, venido de fuera, ha echado raíces en mi propio ser. » Y, sin
embargo, es posible. Lo fue en Cipriano, lo fue en Ignacio, lo será en todo el que
un día se decida a construirse un alma nueva en lugar de la dormida que tal vez ha
tenido hasta ahora. No será fácil. Los espeleólogos saben que no se desciende al
fondo de la Tierra sin dejarse trozos de piel de las rodillas en la aventura. Y la
espeleología del alma no es más fácil que la deportiva. Pero bien vale la pena
bajar al fondo de nosotros mismos para regresar con un ramo de trozos de nuestra
alma.
José Luis Martín Descalzo.
Razones desde la otra orilla.
Editorial Sígueme, 2001.
Y abusando de mi atrevimiento, dejo este ENLACE en homenaje a José Luis Martín Descalzo, a mi madre y a mis recuerdos de juventud.
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