Ella, es sujetada por una mano al amor, a la vida; mientras, con su otra mano, se aferra a su inocencia interrumpida. Se abre paso bajo el estruendo de cuatro jinetes que pisotean a la humanidad, la suya y la mía.
27 de marzo 2022
Ella, es sujetada por una mano al amor, a la vida; mientras, con su otra mano, se aferra a su inocencia interrumpida. Se abre paso bajo el estruendo de cuatro jinetes que pisotean a la humanidad, la suya y la mía.
27 de marzo 2022
En constante proceso de formación y actualización en recursos y metodologías didácticas.
LA PRIMAVERA BESABA - ANTONIO MACHADO
La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.
Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil...
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de abril.
En constante proceso de formación y actualización en recursos y metodologías didácticas.
SONETO DEL AMOR OSCURO: LUIS ALBERTO DE CUENCA
La otra noche, después de la movida,
en la mesa de siempre me encontraste
y me invaden tu noche y tu locura.
En constante proceso de formación y actualización en recursos y metodologías didácticas.
LOS INGRATOS. PEDRO SIMÓN
2021 Espasa. Premio Primavera de Novela 2021
Un buen título para una buena historia que me ha emocionado, anuncia la reconstrucción de un mapa afectivo y la memoria de un país, de un pueblo, de una generación, de un ser humano. La intrahistoria que hemos leído, nos resulta conocida y nos llega dentro en la voz de un niño y un entorno que reconocemos.
Convencido de que la realidad supera con mucho la ficción, esta España tan nuestra en 1975 en Extremadura con el tránsito de una maestra, funcionarios por pueblos hasta llegar a la capital para cambiar de vida y encontrar de lo que no hay, nos suena. Las cuidadoras que se convierten en el eje central de las casas deshabitadas y de los pueblos que se vacían cargando con el silencio y el olvido.
El realismo y la ternura se dan la mano en esta historia de un niño que nos emociona porque nos retrata tal y como fuimos los que vivíamos en los pueblos, donde a cda momento descubríamos los secretos y miserias de la vida a través de lo que nuestros mayores pretendían ocultarnos.
Cuando lees esta novela, el autor te está brindando la oportunidad de dar las gracias a las personas que nos quisieron y nos cuidaron, tanto amor y no poder contra la muerte. Es todo un homenaje a los hombres y mujeres que trabajan y dedican su tiempo a los demás, el tiempo que no se recupera, el valor más preciado, experiencia y sabiduría para quien quiere aprender. Es de bien nacidos ser agradecidos. Unos personajes bien construidos con un relato elaborado nos llevan a un entorno rural de eras, corrales, y espacios abiertos. El campo y sus olores, lo que da la tierra en su ciclo natural y la austeridad de un mundo que esconde su riqueza en los corazones de las personas.
No me atrevía a leerlo aunque lo compré nada más ser publicado, pero se lo regalé a un compañero profesor de Lengua y Literatura en mi instituto y que solía hablar mál de su pueblo extremeño.
Casi un año después lo volví a comprar, esta vez lo quería leer y lo quería hacer despacio. Mi infancia en mi pueblo castellano de la mano de mis abuelas, sabias y buenas, que me dieron todo el amor que después yo he podido elaborar, me hacían temer un ataque de nostalgia. Soñar con lo que no volverá. Arañando sombras, eso es maestro, arañando sombras. Buscan en las calles del recuerdo a los seres queridos que no volverán.
La memoria es un juego de espejos tramposos.
El jurado del Premio Primavera destacó que “Los ingratos es un relato con imágenes poderosas e inolvidables sobre la pérdida de la inocencia y el paso de la infancia a la edad adulta, a la vez que un homenaje a la ternura y la culpabilidad, a los que nos trajeron hasta aquí sin pedir nada a cambio. Una auténtica historia de amor en toda la extensión de la palabra”.
Una lectura que me ha devuelto a la infancia, a la parquedad de Castilla, a la melancolía de mi querido Miguel Delibes, a una literatura que siempre me ha gustado, al castellano del bueno y que creía se había perdido con la desaparición, no solo de Delibes, sino también del malogrado José Manuel de la Huerga.
Gracias Pedro Simón, no sabes la falta que hacen libros como el tuyo.
En constante proceso de formación y actualización en recursos y metodologías didácticas.
Es un momento de la vida en que siento que me falta todo y me sobra todo; como un réprobo forzado a un exilio en el páramo que se ha convertido la casa de mis padres desde que los dos se fueron hace meses a una residencia. Pese a lo aciago de esta situación, encuentro momentos en los que disfrutar del silencio, de algún paseo por el campo, de leer, escuchar música, la radio en la noche hasta conciliar el sueño, y también, de alguna que otra licencia hedonista, como tomar algún whisky, fumar algún que otro puro, meditar en silencio, o atreverme a solicitar a mi satánico carcelero un permiso penitenciario. De cuando en cuando, necesito salir de mi celda en esta cárcel blanca, para disfrutar tomando el aire paseando por el patio de mi memoria.
En uno de estos paseos, llego al salón de la casa, detengo la mirada en una vitrina donde mis padres guardan recuerdos y objetos delicados para protegerlos del polvo junto con alguna fotografía. Una campana de cristal de Bohemia, unas figuras chinescas de porcelana, unos viejos libros de zootecnia y ganadería de mi abuelo Andrés, un ejemplar del Quijote de los años veinte, una figura del Jesús de Medinaceli, colecciones de monedas de plata conmemorativas. Y una cámara de fotos de 1916 que mi abuelo Francisco trajo de Melilla, y que fue la primera del pueblo. Contaban mis tías que el abuelo se la prestó a un vecino del pueblo, y éste acabó haciéndose fotógrafo profesional.
Fijo la mirada en un antiguo perfumador que se encuentra en un rincón de la vitrina; no puedo resistirme a cogerlo y, al levantarlo comienza a sonar una melodía. Después acerco mi nariz y aprieto el vaporizador; sale una fragancia femenina, zalamera, que me transporta a casi diez lustros atrás, cuando lo descubrí por primera vez en el tocador de la alcoba de mi abuela. Una tía mía me contó cierto día que se lo había traído de París un sobrino de la abuela Filo.
En ese mismo momento me invaden los recuerdos de la época de mis pioneras conquistas de libertad, donde poco a poco comenzaba a conquistar mis primeros espacios de intimidad e independencia propia. Un despertar a la vida en el que comenzaba a abandonar la infancia donde corría aventuras entre campos y pinares, corrales y huertos, casetas y eras, manojeras y bodegas, a los besos furtivos entre juegos y requiebros, al primer enamoramiento en un campamento en el río Cabriel, aquella niña de ojos azules, cabellos de sol y piel de marfil, de apellido casi impronunciable pero que nunca olvidaré; o cuando vi y disfruté del mar por primera vez en la playa de la Concha de San Sebastián, en aquel mi primer viaje de verdad precisamente junto a mi abuela. Todas esas aventuras y amores que, con el paso del tiempo y la llegada de la adolescencia, se fueron convirtiendo en los primeros secretos e inconfesables pecados.
Este perfumador había llegado a la casa de mis padres tras la muerte de la abuela. Creo que mi madre era sabedora de mi cariño obsesivo por él, ya que cuando visitaba la casa de la abuela siempre subía la empinada escalera que llevaba a la segunda planta donde estaba el dormitorio de la abuela y hacía sonar una y otra vez el mecanismo musical del perfumador. Se me viene a la memoria la escena de Cinema Paradiso, cuando Totó regresa tras muchos años a la casa de su madre, y esta ha guardado sus cosas tal y como las dejó al irse a la ciudad.
Volví a dejar en su rincón el perfumador y mis recuerdos, consciente de haber descubierto que mi memoria es permanente, que además de retrotraerme al pasado, puede ejercer de bálsamo sanador del presente, donde me enfrento a abismos, donde cierto malestar me acompaña y me mantiene condenado en esta triste porfía: se llama melancolía y es un mal desesperado.
En constante proceso de formación y actualización en recursos y metodologías didácticas.