Es un momento de la vida en que siento que me falta todo y me sobra todo; como un réprobo forzado a un exilio en el páramo que se ha convertido la casa de mis padres desde que los dos se fueron hace meses a una residencia. Pese a lo aciago de esta situación, encuentro momentos en los que disfrutar del silencio, de algún paseo por el campo, de leer, escuchar música, la radio en la noche hasta conciliar el sueño, y también, de alguna que otra licencia hedonista, como tomar algún whisky, fumar algún que otro puro, meditar en silencio, o atreverme a solicitar a mi satánico carcelero un permiso penitenciario. De cuando en cuando, necesito salir de mi celda en esta cárcel blanca, para disfrutar tomando el aire paseando por el patio de mi memoria.
En uno de estos paseos, llego al salón de la casa, detengo la mirada en una vitrina donde mis padres guardan recuerdos y objetos delicados para protegerlos del polvo junto con alguna fotografía. Una campana de cristal de Bohemia, unas figuras chinescas de porcelana, unos viejos libros de zootecnia y ganadería de mi abuelo Andrés, un ejemplar del Quijote de los años veinte, una figura del Jesús de Medinaceli, colecciones de monedas de plata conmemorativas. Y una cámara de fotos de 1916 que mi abuelo Francisco trajo de Melilla, y que fue la primera del pueblo. Contaban mis tías que el abuelo se la prestó a un vecino del pueblo, y éste acabó haciéndose fotógrafo profesional.
Fijo la mirada en un antiguo perfumador que se encuentra en un rincón de la vitrina; no puedo resistirme a cogerlo y, al levantarlo comienza a sonar una melodía. Después acerco mi nariz y aprieto el vaporizador; sale una fragancia femenina, zalamera, que me transporta a casi diez lustros atrás, cuando lo descubrí por primera vez en el tocador de la alcoba de mi abuela. Una tía mía me contó cierto día que se lo había traído de París un sobrino de la abuela Filo.
En ese mismo momento me invaden los recuerdos de la época de mis pioneras conquistas de libertad, donde poco a poco comenzaba a conquistar mis primeros espacios de intimidad e independencia propia. Un despertar a la vida en el que comenzaba a abandonar la infancia donde corría aventuras entre campos y pinares, corrales y huertos, casetas y eras, manojeras y bodegas, a los besos furtivos entre juegos y requiebros, al primer enamoramiento en un campamento en el río Cabriel, aquella niña de ojos azules, cabellos de sol y piel de marfil, de apellido casi impronunciable pero que nunca olvidaré; o cuando vi y disfruté del mar por primera vez en la playa de la Concha de San Sebastián, en aquel mi primer viaje de verdad precisamente junto a mi abuela. Todas esas aventuras y amores que, con el paso del tiempo y la llegada de la adolescencia, se fueron convirtiendo en los primeros secretos e inconfesables pecados.
Este perfumador había llegado a la casa de mis padres tras la muerte de la abuela. Creo que mi madre era sabedora de mi cariño obsesivo por él, ya que cuando visitaba la casa de la abuela siempre subía la empinada escalera que llevaba a la segunda planta donde estaba el dormitorio de la abuela y hacía sonar una y otra vez el mecanismo musical del perfumador. Se me viene a la memoria la escena de Cinema Paradiso, cuando Totó regresa tras muchos años a la casa de su madre, y esta ha guardado sus cosas tal y como las dejó al irse a la ciudad.
Volví a dejar en su rincón el perfumador y mis recuerdos, consciente de haber descubierto que mi memoria es permanente, que además de retrotraerme al pasado, puede ejercer de bálsamo sanador del presente, donde me enfrento a abismos, donde cierto malestar me acompaña y me mantiene condenado en esta triste porfía: se llama melancolía y es un mal desesperado.
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